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jueves, 22 de octubre de 2015

Antoñita García

Antoñita García


Antoñita García mantiene vivo el arte que le enseñó su abuela de recoger el oro rojo de las tuneras




Antoñita García recogiendo cochinilla
Antoñita García recogiendo cochinilla


 Los vecinos de Vallebrón recuerdan desde su localidad norteña la gran actividad agrícola y ganadera que tuvo este valle en los siglos XIX y XX. Uno de los vecinos más mayores es Pepe Fuentes de León, que con 90 años conserva una vitalidad ejemplar y cuenta con todo detalle su aventura de dar con un gran pozo de agua que permitió cultivar hortalizas, legumbres, cereales y frutas para abastecer a toda la zona.


   Gracias a su agua se construyeron incluso los hoteles de las dunas de Corralejo. Además, este pago se ha caracterizado por la recogida de la cochinilla, una actividad que todavía se conserva.

Vallebrón es uno de los pocos pueblos majoreros que conserva el encanto y aspecto de hace un siglo con unas treinta casitas. Un núcleo aislado del municipio de La Oliva, a unos 250 metros de altitud, que ha vivido de la agricultura y ganadería. Sus dos tesoros son la cochinilla y el agua. Antiguamente las familias se dedicaban a la recogida de la cochinilla en las numerosas tuneras que florecían en el valle. Un trabajo que todavía conservan algunas mujeres como Antoñita García Camacho, a sus 67 años de edad, que aprendió este arte de su abuela y de su tía. "Hay gente experta mayor muy experta porque tenemos una cochinilla de buena calidad y antes venía gente de Las Palmas y de otras islas a comprarla para comerciar con ella, y siguen viniendo todavía, a pesar de que siempre se ha cotizado como el oro, y era un dinero para las familias del pueblo", asegura esta agricultora.

Entre las anécdotas de su infancia recuerda como las mujeres "se empapelaban los pies y se ponían maniquetes en la recogida en las tuneras, y luego se hacían saquitos y se colgaban en la misma penca para que soltara el bicho", explica con todo detalle. García guarda en su almacén varios montones dispuestos para su venta "porque siempre viene alguien interesado en comprarla". Una mujer de campo que se levanta cada día temprano y trabaja sin parar en su gavia, sus tuneras y gallinas.

Antoñita y su marido Marcial residen en el antiguo colegio de Vallebrón y siempre han regentado la cantina, que era famosa por su deliciosa carne de cabra que cocinaban en las fiestas de San Juan.

Esta familia define a Vallebrón como "un pueblo rico y próspero porque se cultivaban muchas hectáreas de hortalizas, frutas, legumbres y cereales gracias a que tuvimos agua y una tierra muy fértil".

Un pueblo de pastores con grandes rebaños de cabras, corderos, vacas y bueyes del país, y donde los burros y camellos ejercían un papel fundamental en estas labores. Una localidad en la que los vecinos son muy longevos porque han tenido una alimentación muy sana gracias a los tunos, higos secos, almendras, granadas, gofio de trigo millo y cebada, y el quesito.

Juan Vera fue uno de los vecinos que destacó por la elaboración y venta de su queso de cabra de calidad y en la actualidad su nieto Daniel ha heredado este oficio con grandes innovaciones.

También Pepe Fuentes de León pasea con una gran vitalidad y entusiasmo por el núcleo rural, a sus 90 años, y cuenta infinidad de anécdotas de este valle norteño. "De niño íbamos al colegio de La Oliva, a cinco kilómetros, corriendo, y regresábamos a casa para cuidar del ganado y trabajar duro en el campo y en casa, pero fueron años muy felices y de gran convivencia", recuerda.

Este caserío se divide en valle Chico y valle Grande y la Montaña de Enmedio, por ello los vecinos crearon hace dos años la Asociación Montaña de Enmedio de Vallebrón y lograron la instalación de fibra óptica para tener Internet.

Paisaje abandonado

"Hace unos 20 años se firmó el documento para que Vallebrón fuera un espacio protegido, y entre las condiciones que se pusieron fue la recuperación de sus bancales, la plantaciones de árboles frutales tradicionales y la recuperación de los muros de piedra que forman parte del paisaje histórico de Vallebrón", explican los vecinos. Sin embargo, los residentes se quejan de que "casi nada de lo pactado se ha cumplido y el paisaje se halla bastante abandonado".

Los vecinos renunciaron a especular con los terrenos de la montaña para conservar este entorno virgen y natural, "y lamentamos que ni los políticos ni el Cabildo, ni otras instituciones se acuerde de la importancia de este núcleo rural y su paisaje protegido".

Itziar Fernández

Artículo Publicado en La Provincia/Diario de Las Palmas, lunes día 20-01-14

jueves, 18 de junio de 2015

Benita, la última artesana de Juncos

La majorera del Valle de Santa Inés acude a la feria cargada de sombreras, cuencos y costureros de palma / por itziar Fernández


La artesana del municipio de Betancuria María Benita Acosta Rodríguez (Valle de Santa Inés, 21 de marzo de1922) es la última artesana que trabaja los juncos en Fuerteventura.
Benita Acosta Rodriguez
Benita con su hermana Josefa y sus sobrinas Salomé y Vicky
"Bien de ellos recogí de joven para elaborar los cestos tradicionales majoreros. Había que abrirlos, se unían con aritos y luego los cestos los pintabamos de colores" recuerda la artesana.
Benita desvela que los juncos crecían en las charcas como en el Gran Barranco de Betancuria, también en Las Peñitas y nos gustaba ir a recogerlos para preparar los cestitos típicos. "Todo se ha perdido. Creo que no queda nadie que sepa trabajar esta artesanía tradicional majorera, y es una pena que nadie se preocupe de conservar estas labores. Muchos mayores que sabían han fallecido" lamenta.
"A mi hermana y amí la afición por el barro y las hojas de palma nos viene de familia porque en nuestra casa todos fueron artesanos" anuncia. "Ahora yo he abandonado la elaboración de cestos de juncos, practicamente se ha perdido en Fuerteventura porque todo se hace a máquina y se vende barato en los chinos", destaca.
Su estand está decorado con gorros y sombreras tradicionales porque "es lo que más pide la gente". Benita ha participado en las 28 ediciones de la Feria Insular de Artesanía de Antigua junto a su hermana Fefita, la alfarera.
A sus 93 años, Acosta cuenta con todo detalle su infancia en El Valle Santa Inés. "Fui muy feliz ayudabamos a mi padre, José de Toto, a arar las gavias y recoger la cementera. Siempre con las cabras y mi madre María Rodríguez, de Tetir, era una artista con las manos, tanto elaboraba un cuenco de barro como cosía un traje" cuenta emocionada junto a su hija Dori Brito que mantiene la tradición y su nieta Attasara, que también adora la artesanía tradicional. "Aunque tengo 21 años y estudio Dietética y Nutrición me gusta mucho la artesanía y quiero aprender el oficio de mi abuela para que no se pierda", insiste su nieta.
Benita Acosta es una artesana polifacética y prodigiosa. "Después de casarme trabajé la cerámica con mi hermana, pero la dejé y me puse con la palma porque me gustaba más y tenía mucho éxito", añade. En la presente feria muestra una sombrera tostada elaborada con la paja del trigo junto a los gorros y sombreras de palma verde y blanca cosidos con el mismo material. "La palma la trabajo en liso y también se dobla formando picos y el resultado final es una gorra única que encanta al público joven y adulto", confiesa. "El año pasado vendí todos los sombreros en dos días , me dejaron el puesto vacío, pero yo contenta con la gran acogida que tuvieron mis artículos" apostilla. Ahora -añade- casi no se consiguen las hojas, "cada vez tengo más dificultades para reunir el material porque la poda de las palmeras está muy controlada y nos ponen problemas", afirma la majorera.
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Para la presente feria la familia ha ayudado a Benita a recopilar palma para las gorras y cestas. Este año expone también un costurero de palma, un cojín de hoja pintado, cestitos, bandejas y artículos elaborados con dibujos y formas tradicionales de Fuerteventura. "Antes se confeccionaban las pintas para poder hacer el queso majorero y los serones para los burros, pero ahora sirven para decorar", detalla la artesana de Betancuria
"Me gustaría que se organicen más cursos y la gente joven se anime a aprender a trabajar la palma porque es una pena que se pierda, ya que tiene múltiples usos para el hogar y el sector primario", dice.
"A mi me han pedido muchas veces que enseñe este oficio, pero ya no tengo fuerzas ni paciencia para estar con alumnas dando clases, aunque hay algunas artesanas más jóvenes que han aprendido y enseñarían encantadas. Hay que crear espacios y formar talleres para difundir nuestros oficios durante todo el año", concluye.




jueves, 11 de junio de 2015

Unas manos con tradición alfarera

María Salomé García es la cuarta generación de una familia de artesanos que lleva el arte en el alma / por Itziar Fernández 


Unas manos con tradición alfarera
Unas manos con tradición alfarera

  La artista comprometida con el rescate y divulgación de la cultura popular majorera María Salomé García Acosta cumple 15 años en su taller de alfarería en el museo de La Alcogida de Tefía. La cuarta generación de una familia artesana dedicada al barro, la cestería y la palma que trabaja de forma incansable para conseguir que estos oficios no mueran y se introduzcan con éxito en los colegios. "Al menos los pequeños de Fuerteventura deben conocer las técnicas y tradiciones artesanas porque ahora los jóvenes no saben lo que es un bernegal, un tofio, una trapera, un zurrón o una empleita", lamenta.

María Salomé García (Valle Santa Inés, 1964) es una enamorada de las tradiciones. Su oficio de alfarera es vocacional porque "con este trabajo casi no se gana dinero", advierte. Sin embargo, sus ojos se iluminan al recordar los conocimientos y la experiencia que reunió junto a su abuela paterna Salomé en los Llanos de la Concepción. "Íbamos con el burro a buscar el barro a la montaña y llegué a odiar este trabajo cuando tocaba encender el fuego en el suelo para calentar las piezas por el temor a quemarnos las manos", recuerda emocionada. Sin embargo, el oficio ya iba por dentro y el arte le llegó al alma.
Cumple 15 años de artesana en el Ecomuseo de La Alcogida de Tefía y se ha convertido en una defensora de las tradiciones majoreras que, dice, "mueren un poco cada día con cada artesano mayor que se va". "He creado una página web mariasalomealfarera.com, donde no sólo cuento mi historia sino también los usos del barro y la importancia que ha tenido en el pasado junto a otros oficios de Fuerteventura. Recupero fotografías de las ferias, eventos y muestro las labores ligadas a la vida en el campo majorero", resume Salomé. Apuesta por introducir este arte en los colegios de Fuerteventura como una asignatura obligada para que crezcan unidos a su cultura tradicional.
Es madre de dos hijas, Raquel y Salomé, de 26 y 17 años, a las que también ha entregado toda su sabiduría. "Mi hija mayor vive en Las Palmas y la pequeña venía al taller los sábados y elaboraba sus cuencos y piezas, y ahora tienen que estudiar pero conocen el arte", desvela. "Es un oficio duro y poco reconocido. En el Valle nos llamaban los tiestos porque casi todas las familias eran ceramistas. Suponía un aporte de dinero al hogar pero en la actualidad casi se ha perdido por completo esta actividad", indica.
Salomé considera que en estos 15 años al frente del taller en el museo de Tefía, en el que se han organizado cursos de formación y han pasado muchas vecinas, casi siempre mujeres interesadas en aprender a modelar, "hay que organizar más cursos y encuentros para que las familias conozcan y se impliquen en aprender estos oficios".

La cerámica atrapa a los visitantes

Desde su taller en el ecomuseo de La Alcogida de Tefía la artesana enseña cada día su arte y su trabajo en vivo y expone una gran colección de loza majorera. Son muchos los visitantes que acuden al centro y se interesan por aprender las técnicas, los dibujos y adornos de las piezas y su significado. “Creo que el museo ha logrado enseñar y difundir buena parte de nuestra cultura a los turistas y vecinos, y este puesto me ha permitido desarrollar mi labor durante los 15 años de funcionamiento”, reflexiona la artesana.

´El privilegio de pertenecer a la familia Acosta del Valle Santa Inés´

Las hermanas artesanas Josefa y Benita dejan un interesante legado cultural en la Isla


De izda a dcha. Benita, Salomé, Josefa y Viky en una feria de artesanía.
Benita, Salomé, Josefa y Viky en una feria de artesanía.

Dos hermanas han hecho historia en la artesanía de Fuerteventura, Benita y Josefa Acosta. Saben trabajar el barro, la palma y el calado y dejan un interesante legado cultural y piezas únicas para la artesanía majorera. "Para mí es un orgullo y un honor pertenecer a la familia Acosta del Valle Santa Inés del municipio de Betancuria, y tanto mi tía como mi madre Josefa han sido unas maestras. Con ellas he compartido todo, he participado en eventos y siempre es un placer reunirnos y charlar", confiesa María Salomé.
"Aunque yo de niña me crié con mi abuela paterna que se llamaba Salomé y era alfarera después con mi madre y con mi tía he compartido, experiencias, me han enseñado mucho y han sido unas profesoras de la vida", añade. Dos hermanas artesanas muy unidas que han acudido siempre juntas a las diferentes ferias y que se caracterizan por su eterna alegría, jovialidad, y por su carácter participativo. "A pesar de su edad siempre quieren enseñar a los jóvenes su trabajo, sus creaciones en alfarería o palma y siempre han sabido transmitirnos la pasión y el amor por este arte. Por ello somos una larga familia de artesanos", expresa Salomé.
Josefa y Benita Acosta han recibido muchos premios durante su larga trayectoria profesional.

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